barbastro 6d“Uno sabe que una experiencia ha sido completa cuando no es capaz de señalar una sola cosa que la resuma. Los buenos recuerdos que la conforman se agrupan, y parece que quisieran competir entre ellos por ser el mejor, el más célebre, el más divertido. Pero solo se colocan los unos junto a los otros, como páginas de un libro sin orden ni estructura, cuya lectura, a pesar de ello, resulta totalmente satisfactoria.

Algo parecido a esto es lo que debió de ocurrirle a la nutrida expedición del Club de Rugby Tarragona en su visita al Quebrantahuesos Rugby este fin de semana a Barbastro y Berbegal. En ella había infantiles, cadetes, seniors, veteranos, padres, madres, amigos, gerentes, presidentes y aún algun elemento más de raza indeterminada, todos ellos con un poderoso rasgo en común: el amor por el rugby.

Unos recordarán las caras de sus hijos al acabar el partido, otros la satisfacción de aquel placaje que realizaron, otros el sabor de la paella de aquel tercer tiempo. Quizá alguno recuerde también aquel brindis que le emocionó, aquella conversación con aquel compañero o, porqué no, el sorprendentemente divertido resultado de todo un equipo cantando ese himno bizarro, todavía en construcción.

Y está bien que sea así, y que nadie recuerde ni lo mismo ni por igual, porque, tal y como dice la canción, en la variedad está la diversión. Sin embargo, no todo es oro lo que reluce, y detrás de cada expresión de belleza hay una dosis de infamia tan necesaria como comprensible. Si no, cómo explicar los tonos rojizos de determinadas expulsiones corporales, las indecentes mutilaciones de inocentísimos iconos budistas o, más en general, el escaso interés cultural mostrado por los jugadores, más pendientes de los movimientos de la máquina tragaperras del Bar Victoria, que de catar la excelente finura de la D.O. Somontano.

Pero a estas alturas ya no debería quedarnos ingenuidad para creer que la existencia está formada exclusivamente por escenas hermosas. Gracias a las caídas nos levantamos, gracias a los fracasos aprendemos, y gracias al hedor de nuestros pedos somos capaces de apreciar mejor la delicadeza de un buen perfume.

Por todo esto, cabe concluir que el viaje del Rugby Tarragona a Barbastro fue un absoluto éxito. Porque, como dijo (en severo estado etílico) un miembro indeterminado de la expedición del equipo, “hace más club un viaje como éste, que cincuenta asambleas”.